lunes, 30 de mayo de 2011

Un venezolano que peleó en las aturas al lado de famoso varon Rojo alemán

Carlos Meyer Baldo
El lunes 27 de noviembre de 1933 Maracay amaneció con un sol intenso, sin duda inusual para esa época del año. El ambiente luminoso alegró el alma del grupo de pilotos que estaba congregado en el galpón principal del aeródromo de Las Delicias en Maracay. Eran las seis de la mañana cuando comenzaron a llegar y ya parecía que fuera media mañana. Además del excelente tiempo, todo estaba listo para iniciar las actividades.
Personal, aeronaves, equipos. Los paracaídas habían sido cuidadosamente revisados.

El teniente de aviación Carlos Meyer Baldó, a quien le correspondía ese día pilotear el avión monomotor Stearman C3B, adscrito a la Fuerza Aérea, le comentó con entusiasmo al mecánico Héctor Arias que el tiempo y el viento eran excelentes para el vuelo que se proponían realizar y le indicó que era hora de partir para cumplir con la práctica programada. Eran las siete de la mañana cuando sorbieron un sabroso café y después de los saludos de rigor se colocaron los paracaídas, subieron a la aeronave y se apretaron los cinturones de seguridad. Meyer, que había sido héroe de la Primera Guerra Mundial, luchando al lado del legendario Barón Rojo, procedió a encender el motor y con gran seguridad correteó la aeronave por la pista de taxeo. El pequeño biplano de color verde-gris se movió orgulloso y levantó vuelo conducido por la mano experta de Meyer, mientras el joven mecánico disfrutaba de la hermosa escena que se mostraba ante sus ojos.

En la pista acababa de llegar Lucio Baldó, un primo del piloto que había programado viajar con Meyer, pero que no pudo hacerlo al no lograr estar a tiempo en la cita convenida. Al ascender, la nave comenzó a efectuar las piruetas que su entrenado piloto había programado, las cuales eran disfrutadas y aplaudidas por sus compañeros de tierra. Todo el ejercicio iba saliendo a la perfección, pero de pronto se sintió un fuerte ruido, como si algo se hubiera roto en el aire. El extenso público que se había ido congregando en las cercanías para observar el espectáculo, gritó aterrado cuando observó que una de las alas se estaba desprendiendo de la nave, la cual se ladeó peligrosamente y luego se dirigió en picada hacia el sitio de La Soledad, donde segundos después se estrelló causando la muerte instantánea de los tripulantes.
Marabino alemán
Al momento de su muerte Carlos Meyer Baldó tenía treinta y siete años y su compañero de infortunio apenas había alcanzado la mayoría de edad. Meyer era marabino de nacimiento, pero de familia alemana por su padre y por el lado materno estaba emparentado con los Baldó del Táchira. Había viajado a Alemania en 1908 a completar su formación, registrándose en la Academia como estudiante alemán, ciudadanía a la que tenía pleno derecho. Allí lo encontró la Primera Guerra Mundial y, con mucho entusiasmo, procedió a alistarse en el ejército del II Reich.

Muy pronto se incorporó a la brigada que comandaba Manfred von Richtofen, conocido como el Barón Rojo, debido al color que usaba en el fuselaje de los aviones de su temible escuadrón. Meyer se destacó de tal manera que logró obtener la Cruz de Hierro en su primera clase, la Copa de Honor, la Cruz Hanseática y la insignia de Piloto de Caza. Luchó, sobre todo, piloteando aviones caza del tipo Fokker D-VII dotados de veloces motores Mercedes-Benz.
El detonante de esa primera hecatombe del siglo XX había sido el asesinato de los príncipes austriacos Francisco Fernando y su esposa Sofía en la población eslava de Sarajevo, en junio de 1914, lo que provocó una declaración de guerra del Imperio Austro-Húngaro contra Serbia, con el respaldo de Alemania. Era el día 28 de julio de aquel fatídico año de 1914. Alemania ocupó casi de inmediato el territorio belga, mientras los austriacos ocupaban Belgrado. Rusia, Francia e Inglaterra entraron en la guerra a favor de Serbia, provocando un intenso movimiento en las cancillerías europeas, las cuales fueron alineándose en torno a cada uno de los ejes. El Imperio Otomano se alió con Alemania.
La Primera Guerra Mundial había comenzado. La noticia alegró el corazón juvenil de Carlos Meyer, quien ansioso de mostrar su valor y destreza, se alistó como voluntario en el ejército alemán, siendo destinado a la recién fundada Fuerza Aérea, que por primera vez sería usada como arma militar en la historia de la humanidad.

Meyer peleó con singular bravura en los cielos de Alemania, Francia y Flandes, habiendo recibido su primera herida mientras piloteaba un Jasta 11 contra un Camel inglés.
Durante el enfrentamiento, su aeronave fue alcanzada por las balas del piloto enemigo y entró en barrena, cayendo desde gran altura, pero con la buena suerte de que pudo enderezar su nave y aterrizó a salvo en un terreno ocupado por los alemanes. En otra de las numerosas batallas aéreas en las que participó, tuvo la oportunidad de salvarle la vida al Barón Rojo. Ocurrió en el cielo de Flandes cuando participó en la victoria número 61 de Richtofen. En ese entonces, derribaron cuatro aviones ingleses Sopwith-Pup. Ese día Meyer tuvo la oportunidad de proteger a su jefe con su avión, dándole la oportunidad de atacar sin mayores contratiempos y permitiéndole una nueva victoria. Sin embargo, a pesar de que era inminente una victoria alemana, en 1917 las cosas se complicaron. Rusia cayó en manos de los bolcheviques y los Estados Unidos entraron en la Guerra, debido a que varios submarinos alemanes le hundieron tres barcos mercantes. La terrible Primera Guerra Mundial causó la muerte a unas quince millones de personas, incluyendo la del valiente Barón Rojo. Cuando concluyó, los poderosos imperios Otomano, Ruso, Alemán y Austro-Húngaro dejaron de existir. No fue una buena noticia para Meyer, quien decidió destruir su avión D-VII antes que entregárselo al enemigo.

Luego de la derrota, Meyer regresó a su casa en Wansbeck y se dedicó a ayudar a la familia en el cultivo del café. Eran malos tiempos para Alemania. La economía estaba totalmente destruida, la moral por el suelo y el nuevo Gobierno de la recién nacida República de Weimar no lograba consolidarse. Después del Putsch de Munich en 1923 y la consiguiente prisión de Hitler, Meyer comenzó a pensar que había llegado la hora de regresar a su país natal. Tomó el barco en Hamburgo vía La Guaira donde fue recibido por su primo Lucio Baldó, que más que un primo se convirtió en un hermano para él. Al regresar a su patria observó los enormes cambios ocurridos en el país durante los casi veinte años en que había estado ausente. La economía había pasado a ser dominada por el petróleo, que no existía cuando él se marchó en 1908. Dos años después de su regreso vio a Venezuela convertirse en el primer exportador mundial de petróleo, con un Gobierno dictatorial regido por la mano férrea de Juan Vicente Gómez, tachirense como su familia. En la casa de sus parientes Baldó, ubicada en El Paraíso, vivió a su regreso.

Es en esa época cuando conoce a Florencio Gómez Núñez, forjador principal de la Fuerza Aérea Venezolana. Este contacto le es sumamente útil, ya que Gómez conoce muy bien la hoja de servicios de Meyer y trata de captarlo para que se incorpore al cuerpo de entrenadores de la aviación militar fundada en 1920. Sin embargo, eso no era lo que deseaba hacer.
Quería volver a volar, pero Gómez le explica que el rígido reglamento de la Fuerza Aérea no permite volar aviones de guerra a personas de su edad. Sin embargo, en 1930 se ponen de acuerdo, aunque Florencio Gómez le explica las condiciones: Sería incorporado a la Fuerza Aérea, pero tendría que asistir a un curso de actualización en los Estados Unidos. Por supuesto, Meyer aceptó e ingresa a la FAV en 1931, partiendo de inmediato para la academia de aviación militar de Mitchell Field, en Long Island. Allí renovó sus conocimientos y readquirió la habilidad perdida después de diez años sin volar. Al terminar el curso básico fue enviado al campo de entrenamiento de Kelly Field, cerca de San Antonio, Texas, y en 1933 regresa a Venezuela residenciándose en Maracay, donde actúa como instructor de la FAV.
No obstante, Florencio Gómez le insiste en que no vuele, pero su pasión por la aviación puede más que los sanos consejos de su amigo y a la larga lo convence de que lo deje volar en aviones de turismo. Meyer no sólo voló ese tipo de aviones, sino que valiéndose de su simpatía y merecida fama logró que sus superiores se hicieran los desentendidos y lo dejaran satisfacer sus deseos de pilotear aviones militares, aunque sólo fuese de cuando en cuando.
Su muerte fue muy sentida en el mundo de la aviación, así como en el sector social en el que se movía. El coronel Florencio Gómez expresó: "Murió Carlos Meyer cuando todos esperábamos más de su temple, de sus conocimientos y experiencias ya manifestadas desde su entrada a nuestra aviación... Aún conservo el recuerdo de este oficial con el pecho cargado de extranjeras glorias...". Su sepelio se efectuó en Caracas, en el panteón familiar de los Baldó ubicado en el Cementerio General del Sur. Asistieron las autoridades militares venezolanas y el Embajador de Alemania, conde Franz von Tattembach. El Agregado Militar alemán, Wilhelm Birtner Baldó, habló en nombre del Comandante de la Luftwaffe. Era pariente cercano de Carlos Meyer Baldó, de quien expresó: "Por unirme al caído lazos estrechos de amistad y sangre, cumplo agradecido este honroso encargo y os pido, señores, que me acompañen inclinándose conmigo ante quien cumplió siempre con valor su deber de soldado, acudiendo valerosamente a defender su patria alemana y muriendo ahora al servicio de su patria venezolana".
"Meyer peleó con singular bravura en los cielos de Alemania, Francia y Flandes. Recibió su primera herida mientras piloteaba un Jasta 11 contra un Camel inglés"

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