lunes, 16 de mayo de 2011

La Conducta Humana

Hoy hablaremos de la nueva ciencia de las relaciones humanas, esta que estudia la gestión social y emocional, pues bien, para comenzar les digo que esta no versa sobre lo que sucede dentro de un solo cerebro, sino sobre las curvas simultaneas que se producen en el interior de dos cerebros cuando éstos se comunican y que son perfectamente medibles.
 Hasta hace muy poco la neurociencia estudiaba de uno en uno lo que pasaba en cada cerebro, ahora la gestión de las emociones se ha globalizado superando los límites de lo que ocurre en el interior de cada individuo. Esta nueva ciencia ha permitido estudiar las relaciones que se establecen entre dos o más cerebros, o sea, que bien podríamos estudiar la conexión existente entre cerebros de una misma pareja o entre miembros de una corporación de trabajo, las que se producen entre maestros y alumnos o más significativo aun entre los Estados y sus habitantes.
 A esa comunicación que se establece entre cerebros, Carl Marci, Psiquiatra de la Universidad de Harvard, la llama “un logaritmo para la empatía”. Dicho logaritmo se reduce a una ecuación matemática. A esta empatía se le ha denominado Cerebro social y a través de este sabemos hoy que las emociones que experimentamos, no solo nos afectan a nosotros aisladamente sino que también afectan a los que nos rodean. Por tanto esta inteligencia social ha favorecido el análisis de los mecanismos de toma de decisiones, conducta y aprendizaje de los grupos y no sólo de los individuos. La estructura del cerebro social es única en su sensibilidad frente al mundo entero. Por ello las experiencias repetidas esculpen la forma, el tamaño y el número de neuronas y sus conexiones sinápticas.
 Diferentes experimentos han demostrado que los componentes especiales de una buena relación son tres: la atención mutua, el sentimiento positivo compartido y el dúo verbal bien compartido.
 Emily Butler en la universidad de Stanford (California) experimentó con personas sobre las consecuencias sociales de la restricción emocional. A dos personas se las había confrontado a imágenes terribles de una tragedia bélica, antes de entrar en contacto entre ellas, a una se le pide que simulara su disgusto, tribulación o tristeza frente a la otra persona. El simple hecho de mentir conscientemente de manera prolongada le originó un aumento de la tensión sanguínea. Eso es lo que cuesta poner buena cara al mal tiempo, por eso preferimos mentir de forma inconsciente, porque mentir con decisión es muy complicado y cuesta esfuerzo. Ahora bien lo sorprendente de este experimento fue que la persona a la cual se le indicó que actuara sinceramente en función de lo que había visto, también le subió la tensión al darse cuenta de que la otra persona mentía y que sufría por ello. Como ven, los cerebros tienen su propia forma de comunicarse.
 Lo arriba expuesto demuestra que nuestra inteligencia social tiene un soporte biológico, es decir, que nuestras relaciones personales no solo modulan nuestra experiencia social, sino también nuestra biología. Como ven, las conexiones de un cerebro con otro permite que las relaciones más importantes para nosotros nos impacten, ya sea en asuntos simples como reírse a la vez, o en temas más profundos como saber qué genes se han activado en nuestras células T, que teóricamente nos protegen de virus y bacterias.
 Innovaciones súper recientes de la Psicofarmacóloga Candace B. Pert, han permitido a científicos modernos examinar la base molecular de las emociones y empezar a comprender que las moléculas de nuestras emociones comparten conexiones intimas con nuestra fisiología, de la cual son inseparables. Nuestras emociones son: ni más ni menos, lo que une a nuestra mente y a nuestro cuerpo, pero también lo que nos une a nuestros semejantes. El primer componente de las moléculas de la emoción es una molécula que se conoce con el nombre de “opioide”, esta se encuentra en la superficie de las células en el cuerpo y en el cerebro, también es llamado receptor opiacéos. Todos los receptores son proteínas y ellos se agrupan en la superficie de la membrana celular esperando las llaves químicas correctas para nadar hacia ellas a través del líquido extracelular y para ligarse a ellos mediante la adaptación, como si fuera una llave a una cerradura en un proceso llamado unión o ligazón, la llave química se une al receptor produciendo una alteración de la molécula la cual requiere reorganizarse, cambiando de forma hasta que la información entra en la célula. Una vez dentro ocurren reacciones en cadena que se traducen en cambios espectaculares de las células, puede ocurrir la elaboración de proteínas nuevas o producirse divisiones celulares, abrir o cerrar canales de iones, etc. En síntesis, la vida de la célula está determinada porque receptores están en su superficie y hacen penetrar la información a su interior.
 
 Para Daniel Goleman, reputado psiquiatra estadounidense, las relaciones sociales pueden actuar como amortiguadores de enfermedades, así pues una relación nutritiva tiene un impacto benéfico en nuestra salud, mientras que las relaciones toxicas pueden actuar como veneno lento en nuestro organismo.
 En este sentido, la neurociencia ha descubierto que el diseño mismo del cerebro humano lo hace sociable e inexorablemente atraído a un íntimo enlace cerebro a cerebro cada vez que nos relacionamos con otra persona. Este puente nervioso permite hacer impacto en el cerebro y, por ende, en el cuerpo de cualquier persona con la que interactuamos, así como lo hacen esas personas con nosotros. De esta forma podemos encontrarle sentido a como nuestro mundo social influye en nuestro cerebro y en nuestra biología. Ya está determinado que una conexión dolorosa aumenta nuestros niveles de estrés a niveles que dañan genes que controlan células encargadas de combatir a los virus, así también está demostrado que ser constantemente herido o irritado o por el contrario ser emocionalmente nutrido por alguien con quien compartimos a diario, a lo largo de los años, puede remodelar nuestros circuitos cerebrales. En consecuencia, la respuesta social del cerebro exige que el hombre sea sabio y que perciba, ya no solo su estado de ánimo sino que su biología misma son dirigidos y moldeados por quienes están e interactúan en su vida y a su vez exige que nos hagamos cargo de cómo nosotros afectamos las emociones y biología de otras personas.
 Goleman, resume al cerebro social como la suma de los mecanismos nerviosos que instrumentan nuestras interacciones, además de nuestros pensamientos sobre las personas y nuestras relaciones; de modo que cada vez que nos relacionamos con otro ser humano cara a cara, voz a voz, piel a piel nuestros cerebros se entrelazan. 
 Los resultados de las investigaciones de este científico arrojan la siguiente información: aquellas personas con conflictos personales son: 2,5 veces más propensos a resfriarse; aquellas que tienen relaciones tormentosas les falta vitamina C y tienen falta de sueño; los que tienen conflictos por más de un mes se vuelven altamente susceptibles; que aislarse es lo mas toxico que le puede ocurrir al ser humano;, que el estar sometido a estrés continuo afecta los niveles de la expresión genética de las células inmunológicas esenciales para enfrentarse a infecciones y cicatrizar heridas, acelerando el envejecimiento de las células; una de las conclusiones más impresionantes es que mientras más socialicemos menos propensos estaremos a los resfriados, ya que las conexiones sociales positivas aumentan el buen humor y acortan el malo, aumentando también la función inmunológica, en su estudio aquellas con menos relaciones cercanas resultaron 4,2 veces más propensos a enfermarse.
Para finalizar les digo que el nacimiento de esta nueva ciencia nos dice que es hora de abordar las relaciones humanas de otro modo, no diría que con más responsabilidad , ya que lo que sentimos no solo nos afecta a nosotros, sino también a todo aquel con el que interactuamos y viceversa, así que la responsabilidad a la que me refiero es, por un lado, responsabilidad individual frente a sus semejantes, que debemos ser sabios para percatarnos cuando actuamos de manera egoísta o de forma insensible frente a otro humano, o cuando agredimos física o emocionalmente hablando, que es una obligación tener conciencia social, que debemos tener una escucha afectiva. Por otro lado, también los estados, deben cambiar, deberían preocuparse más en tener una relación más cercana y respetuosa para aquellos que comparten su mismo gentilicio y que son además quienes les han elegido, las escuelas son hoy caldo de cultivo de diferencias sociales que podrían reducirse si aprendiéramos a gestionar nuestras emociones, los hospitales son el reflejo de la indiferencia de los gobernantes, el desempleo de muchos y la opulencia de quienes gobiernan son la muestra de que la relación actual Estado - ciudadanos, por ser benévola, para establecerse, es en forma casi como si de una monarquía se tratara, en forma de dictaduras modernas y de falsas democracias. En fin que es preciso de forma inminente lograr un encuentro social entre Estado y ciudadano, entre miembros de una misma familia, entre compañeros de trabajo, entre diferentes equipos, entre distintos partidos y demás filiaciones que tiendan a aminorar las distancias sociales y hacer más benéficas las relaciones entre humanos, más amable, más armoniosa y responsable. Que las diferencias solo indican pluralidad que no tienen que ser motivo de ensañamiento y de ataque constante y casi primitivo, en una frase “aprendamos a gestionar nuestras emociones”.

Por Carlos Gonzalez


No hay comentarios:

Publicar un comentario

Por favor coloque su Nombre o Correo electronico: